Descripción
La Basílica del Corpus Domini es la iglesia barroca que Turín levantó donde, según la tradición, ocurrió su milagro eucarístico, el 6 de junio de 1453. Por fuera, una fachada solemne de columnas y estatuas; por dentro, una sola nave toda en mármoles oscuros.
La fachada, diseñada con la colaboración de Carlo di Castellamonte, está marcada por seis pilastras y cuatro columnas. La completan ángeles y santos esculpidos por Bernardo Falconi a finales del siglo XVII.
El interior sorprende por su color: en 1753 Benedetto Alfieri, por encargo del rey Carlos Manuel III, lo revistió de mármoles negros y rojos y de estucos. El efecto es el de un joyero, sombrío y precioso a la vez.
De la renovación del siglo XVIII se salvó el altar mayor original, obra de Francesco Lanfranchi de 1664; su tabernáculo fue rediseñado más tarde por Bernardo Vittone. En la segunda capilla de la derecha hay un altar de Filippo Juvarra.
Y en el suelo, imprescindible, la losa que marca el punto exacto del milagro, la razón por la que existe la iglesia.
La historia, tal como se ha transmitido, empieza con un saqueo. En la guerra entre los Saboya y el Delfinado, unos soldados habían saqueado la iglesia de Exilles, en el valle de Susa, y llevaban el botín a Turín para revenderlo. Entre lo robado estaba también la hostia consagrada.
Delante de la iglesia de San Silvestre, la mula que la transportaba se detuvo y no quiso moverse más. Según el relato, la hostia se elevó y se quedó suspendida en el aire largo rato, luminosa. El obispo acudió con un cáliz, la hostia se posó en él y fue llevada en procesión a la catedral.
En el lugar surgieron primero una capilla y luego un oratorio, derribado en 1607 para dejar sitio a la iglesia de Ascanio Vitozzi. Los historiadores, por cierto, discuten el milagro: un documento de la época lo sitúa en jueves, pero aquel 6 de junio fue miércoles.
La fachada, diseñada con la colaboración de Carlo di Castellamonte, está marcada por seis pilastras y cuatro columnas. La completan ángeles y santos esculpidos por Bernardo Falconi a finales del siglo XVII.
El interior sorprende por su color: en 1753 Benedetto Alfieri, por encargo del rey Carlos Manuel III, lo revistió de mármoles negros y rojos y de estucos. El efecto es el de un joyero, sombrío y precioso a la vez.
De la renovación del siglo XVIII se salvó el altar mayor original, obra de Francesco Lanfranchi de 1664; su tabernáculo fue rediseñado más tarde por Bernardo Vittone. En la segunda capilla de la derecha hay un altar de Filippo Juvarra.
Y en el suelo, imprescindible, la losa que marca el punto exacto del milagro, la razón por la que existe la iglesia.
La historia, tal como se ha transmitido, empieza con un saqueo. En la guerra entre los Saboya y el Delfinado, unos soldados habían saqueado la iglesia de Exilles, en el valle de Susa, y llevaban el botín a Turín para revenderlo. Entre lo robado estaba también la hostia consagrada.
Delante de la iglesia de San Silvestre, la mula que la transportaba se detuvo y no quiso moverse más. Según el relato, la hostia se elevó y se quedó suspendida en el aire largo rato, luminosa. El obispo acudió con un cáliz, la hostia se posó en él y fue llevada en procesión a la catedral.
En el lugar surgieron primero una capilla y luego un oratorio, derribado en 1607 para dejar sitio a la iglesia de Ascanio Vitozzi. Los historiadores, por cierto, discuten el milagro: un documento de la época lo sitúa en jueves, pero aquel 6 de junio fue miércoles.